Son 106. Cordeles.
“Quien no muere no vive. Quien no vive no siente. Quien no siente no sabe lo que es estar más o menos cerca de la muerte. Quien no siente no teme y quien no teme no sufre. Quien no sufre no vive”.
Abrí los ojos de un salto y encendí la luz de un grito… ¿de quien sería esa voz infantil que me sacó de mi octonario descanso?. Ese día desayune fuerte… almorcei, almorcei y cambie las cosas. Fui a mi trabajo en bici y no busqué reflejo alguno en cada charco que sobrevolaron mis pupilas. No hablé solo, no endulcé la vida con mentiras, no busqué fuera lo que necesitaba tener dentro y no encendí la lámpara de alcohol porque ese dia se podía ver de sobra.
Agarré firme mi marioneta y empecé a tensar y liberar mis cordeles… tiré un poquito del cordel de la sabiduría y aprendí y escupí lo que sabía. Solté un poquillo del cordel de las vivencias y le acaricié la mejilla al miedo tan pueril y desconcertado. Manejé, manipulé, controlé… fui el dueño de cada movimiento y de la fuerza que los producía. Descubrí como tirando del amor se descuidaba el frío y anticipándose a la eternidad se precipitaba el vacío. Di un paso, di otró, me moví terco y torpe entre tropezones y esqueletos de trapo. No me gané el cielo, no me gané el infinito… No me acosté con Yoko Ono ni liberé civilización alguna. Viví callao y feliz en un planeta tan pequeño que solo había sitio para mi corazón y todo lo que cabía dentro.
Y no me volví a escapar entre canciones que yo nunca habría escrito.
…
