Son 96. Cuatro esquinas.

En la noche interminable se le despertaron sus vértigos. Resucitaron sus muertos y se deshicieron sus penas en sus sueños infinitos de principio, final y melodía. De cuerpo como el de una sinfonía. De discurso y letra firme.

Como un recordatorio de caidas libres sudó dando vueltas en su cama. Vacía, caliente, infantil, colorida, sucia. Recorrió cada recobeco de esas sus cuatro esquinitas que rezaba la oración que le había enseñado su Abuelo depues de esas historias interminables de cazadores y osos gigantescos. Duermete niño, que te espera el sueño eterno y el dolor como una vida de largo.

Siguió haciendo vida la oscuridad en su cabeza y la noche daba vueltas en su cama ya sudorosa y colorada. Aire sofocado y luna incandescente. Noche tétrica de claridad y brisa cálida. Noche de recuerdos como realidades tan dulcemente inciertas que condenaban al culo al aire lo matérico y consciente de la mañana que asomaba ya agotada.

La realidad era bien diferente y cuatro esquinitas tenía su cama.

Deja un comentario